CAPÍTULO 55
Esa misma mañana, poco antes de la comida,
Bosco bajó al jardín. Había pasado la mañana revisando junto a Mauricio, la
siembra de las tierras. No le gustaba cómo iba el asunto. Llevaban una semana
de retraso y por mucho que apretasen a los trabajadores, éstos no podían
trabajar más rápido de lo que ya lo hacían.
Mauricio le había explicado al muchacho que
las gentes comenzaban a verse saturadas y que por mucho que les apretasen, el
trabajar en aquellas condiciones de presión solo lograría que alguno cayese. En
lo que iba de semana ya habían tenido varios desmayos a causa del calor; y es
que los trabajadores no descansaban ni cuando el sol apretaba en demasía.
Bosco suspiró, contrariado. Todo eran
complicaciones. Se suponía que ahora que era un señor de posibles, las cosas
tendrían que salirle bien, sin embargo, nada era como él deseaba. Problemas con
la finca y problemas en su vida personal. Se estaba viendo abocado a un
matrimonio que no deseaba, cuando lo que realmente quería era salir huyendo al
bosque, donde pese a todas las dificultades vividas en su infancia y
adolescencia, había sido libre, a su manera.
Cogió el libro que había sacado de la
biblioteca y comenzó a leer. Quizá una buena lectura lograse alejar por un rato
los problemas de su mente.
Aún no había pasado ni una hoja cuando Inés
entró en el jardín portando una bandeja. Se detuvo en el umbral, bajo el arco
abovedado de piedra, observándole en silencio.
El muchacho había pasado por la cocina para
pedirle a Fe que le llevase una limonada fresca al jardín. En cuanto la sobrina
de Candela lo supo, le pidió a su compañera que la dejase a ella llevarle el
refrigerio. Tenía que encontrar la manera de hablar con Bosco asolas y aquel
instante parecía el idóneo.
Inés tomó aire y se acercó a la mesa. Al sentir
su presencia, Bosco levantó la mirada del libro.
-Aquí tiene su limonada, señor –depositó la
bandeja sobre la mesa-. ¿Necesita algo más?
Bosco frunció el ceño. Desde hacía días,
Inés le rehuía. Evitaba tener que llevarle ella cualquier cosa; todo con tal de
no estar asolas con él.
-No… -musitó el muchacho, sin saber a qué
atenerse-. De momento eso es todo.
La muchacha asintió levemente. Lo cierto era
que no sabía cómo acercarse a él. Después de todo lo sucedido entre ellos,
parecían dos extraños.
-Espera un momento –la detuvo Bosco-.
¿Podemos hablar?
Inés suspiró y se detuvo. No le contestó, de
manera que el protegido de la Montenegro tomó aquel silencio como una
afirmación.
-Entiendo que estés molesta conmigo –comenzó
a decir el muchacho, con torpeza-. No he hecho las cosas nada bien. Te prometí
hablar con la señora y romper mi compromiso con Isabel para demostrarte lo
importante que eres para mí y no lo he hecho.
Inés levantó la mirada hacia él. Una mirada
de dolor y decepción. Bosco sabía que se lo merecía.
-Créeme si te digo que estoy buscando la
manera de hablar con la señora y aclararlo todo –continuó, sabiendo que su
discurso resultaba hueco; demasiadas veces se lo había prometido y ninguna de
ellas lo había cumplido-. Tan solo necesito tiempo.
-Pues el tiempo se le agota, señor –le echó
en cara la doncella-. Porque a la semana que viene tiene que fijar una fecha
para su boda.
-Una boda que no se celebrará –insistió él-.
Eso tenlo por seguro. No voy a casarme con Isabel.
Inés le mostró una sonrisa incrédula.
-Permítame que lo dude –soltó sin poder
aguantarse-. Demasiadas promesas hechas en vano.
Bosco se levantó y la cogió de los brazos.
-Esta vez es de verdad –le dijo con
desesperación-. Te lo juro.
Inés estaba cansada de sus promesas.
-Si de verdad quieres hacer algo para que
crea en ti, demuéstrame que has cambiado –le exigió la sobrina de Candela-. Hay
algo que quiero pedirte y que es muy importante.
-Dime –la mirada de Bosco se iluminó de
repente. Un rayo de esperanza. Haría cualquier cosa por demostrarle que quería
cambiar-. Pídeme lo que sea y lo haré.
Inés tragó saliva.
-María Castañeda quiere hablar contigo
–soltó de carrerilla la muchacha.
-¿Para qué? –inquirió él, echándose hacia
atrás, sorprendido por su petición. Era lo último que se esperaba-. ¿No será
sobre su esposo?
Inés asintió.
-Está acusado injustamente y…
-¿Injustamente? –repitió Bosco, alzando la
voz-. Entró en el despacho de la señora como un vulgar ladrón. ¿Es eso injusto?
La sobrina de Candela apretó los puños.
Sabía lo difícil que sería convencer a Bosco de que Gonzalo había cometido un
error y que debía de saber perdonarle.
-¿Tanto te cuesta escuchar a su esposa? –le
increpó Inés.
-No puede decirme nada para que cambie mi
opinión sobre él –Bosco se cerró en banda y volvió a tomar asiento.
Todo el mundo conocía la rivalidad que
existía entre ambos por culpa de la Montenegro.
-Creía que eras buena persona, Bosco –le
soltó ella-. Pero veo que me equivocaba totalmente. Yo no conozco al esposo de
María, sin embargo sí que la conozco a ella y a mi tía Candela. Y si ambas
creen en su inocencia por algo será. No creo que sean tan malas personas cómo
te han hecho creer.
-Hablas desde la ignorancia Inés –le espetó
él, dolido por la defensa de la muchacha-. No sabes todo lo que los Castro le
han hecho a la señora. Ellos…
-¿Y tú sí? –le cortó Inés, sin miramientos-.
¿Acaso sabes de primera mano lo ocurrido entre ellos? Tan solo sabes lo que la
Montenegro te ha contado. Ni siquiera te has parado a escuchar la versión de
ellos. ¿No te resulta extraño que un hijo se aleje de su madre, así porque sí?
-Esa mujer… la madre de Gonzalo y Aurora,
Pepa la partera, usó sus malas artes para alejar a Tristán de la señora.
-Eso es lo que ella te ha contado –insistió
Inés; ahora que había reunido el valor para encararle, no se echaría atrás-.
Todo el mundo que la conoció, habla maravillas de Pepa; no creo que fuese tan
mala como la señora la ha pintado. ¿De verdad nunca te has preguntado si son
ciertas las cosas que te cuenta la Montenegro?
-Ella me ha dado su cariño –se cerró en
banda Bosco-. No tengo por qué dudar de la señora. Nunca me mentiría.
-Si tan seguro estás de ella, ¿por qué te
niegas a recibir a María Castañeda? –le retó la doncella-. ¿Acaso tienes miedo
de que pueda contarte algo que te haga ver la realidad?
Bosco apretó los labios. No era ningún
cobarde.
-No hay nada que pueda decirme para ponerme
en contra de la señora –declaró con voz temblorosa. Se maldijo en silencio por
no parecer más seguro de sí mismo y terminó cediendo-. Está bien. Me reuniré
con ella y que me diga lo que tenga que decirme.
Inés levantó el mentón y sonrió para sí
misma, contenta. Lo había logrado. Conocía lo suficiente a Bosco para saber que
en cuanto le tocabas un poco en su orgullo, reaccionaba de manera retadora.
-Gracias –le dijo la muchacha-. Estoy segura
de que no te arrepentirás.
Bosco asintió levemente.
-Espero que así te des cuenta de que mis
intenciones contigo van en serio –le contestó él con seriedad-. No accedería a
hablar con ella si me lo pidiese otra persona.
-Lo sé –declaró ella, consciente de que era
cierto-. Y te lo agradezco.
Bosco cogió el vaso de limonada y tomó un
sorbo.
Inés dio por terminada la conversación y
regresó a la cocina para seguir con sus quehaceres. En cuanto tuviese un
momento le haría llegar a María la buena nueva.
CONTINUARÁ...




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