martes, 10 de marzo de 2015

CAPÍTULO 55 
Esa misma mañana, poco antes de la comida, Bosco bajó al jardín. Había pasado la mañana revisando junto a Mauricio, la siembra de las tierras. No le gustaba cómo iba el asunto. Llevaban una semana de retraso y por mucho que apretasen a los trabajadores, éstos no podían trabajar más rápido de lo que ya lo hacían.
Mauricio le había explicado al muchacho que las gentes comenzaban a verse saturadas y que por mucho que les apretasen, el trabajar en aquellas condiciones de presión solo lograría que alguno cayese. En lo que iba de semana ya habían tenido varios desmayos a causa del calor; y es que los trabajadores no descansaban ni cuando el sol apretaba en demasía.
Bosco suspiró, contrariado. Todo eran complicaciones. Se suponía que ahora que era un señor de posibles, las cosas tendrían que salirle bien, sin embargo, nada era como él deseaba. Problemas con la finca y problemas en su vida personal. Se estaba viendo abocado a un matrimonio que no deseaba, cuando lo que realmente quería era salir huyendo al bosque, donde pese a todas las dificultades vividas en su infancia y adolescencia, había sido libre, a su manera.
Cogió el libro que había sacado de la biblioteca y comenzó a leer. Quizá una buena lectura lograse alejar por un rato los problemas de su mente.
Aún no había pasado ni una hoja cuando Inés entró en el jardín portando una bandeja. Se detuvo en el umbral, bajo el arco abovedado de piedra, observándole en silencio.
El muchacho había pasado por la cocina para pedirle a Fe que le llevase una limonada fresca al jardín. En cuanto la sobrina de Candela lo supo, le pidió a su compañera que la dejase a ella llevarle el refrigerio. Tenía que encontrar la manera de hablar con Bosco asolas y aquel instante parecía el idóneo.

Inés tomó aire y se acercó a la mesa. Al sentir su presencia, Bosco levantó la mirada del libro.
-Aquí tiene su limonada, señor –depositó la bandeja sobre la mesa-. ¿Necesita algo más?
Bosco frunció el ceño. Desde hacía días, Inés le rehuía. Evitaba tener que llevarle ella cualquier cosa; todo con tal de no estar asolas con él.
-No… -musitó el muchacho, sin saber a qué atenerse-. De momento eso es todo.
La muchacha asintió levemente. Lo cierto era que no sabía cómo acercarse a él. Después de todo lo sucedido entre ellos, parecían dos extraños.
-Espera un momento –la detuvo Bosco-. ¿Podemos hablar?
Inés suspiró y se detuvo. No le contestó, de manera que el protegido de la Montenegro tomó aquel silencio como una afirmación.
-Entiendo que estés molesta conmigo –comenzó a decir el muchacho, con torpeza-. No he hecho las cosas nada bien. Te prometí hablar con la señora y romper mi compromiso con Isabel para demostrarte lo importante que eres para mí y no lo he hecho.
Inés levantó la mirada hacia él. Una mirada de dolor y decepción. Bosco sabía que se lo merecía.
-Créeme si te digo que estoy buscando la manera de hablar con la señora y aclararlo todo –continuó, sabiendo que su discurso resultaba hueco; demasiadas veces se lo había prometido y ninguna de ellas lo había cumplido-. Tan solo necesito tiempo.
-Pues el tiempo se le agota, señor –le echó en cara la doncella-. Porque a la semana que viene tiene que fijar una fecha para su boda.
-Una boda que no se celebrará –insistió él-. Eso tenlo por seguro. No voy a casarme con Isabel.

Inés le mostró una sonrisa incrédula.
-Permítame que lo dude –soltó sin poder aguantarse-. Demasiadas promesas hechas en vano.
Bosco se levantó y la cogió de los brazos.
-Esta vez es de verdad –le dijo con desesperación-. Te lo juro.
Inés estaba cansada de sus promesas.
-Si de verdad quieres hacer algo para que crea en ti, demuéstrame que has cambiado –le exigió la sobrina de Candela-. Hay algo que quiero pedirte y que es muy importante.
-Dime –la mirada de Bosco se iluminó de repente. Un rayo de esperanza. Haría cualquier cosa por demostrarle que quería cambiar-. Pídeme lo que sea y lo haré.
Inés tragó saliva.
-María Castañeda quiere hablar contigo –soltó de carrerilla la muchacha.
-¿Para qué? –inquirió él, echándose hacia atrás, sorprendido por su petición. Era lo último que se esperaba-. ¿No será sobre su esposo?
Inés asintió.
-Está acusado injustamente y…
-¿Injustamente? –repitió Bosco, alzando la voz-. Entró en el despacho de la señora como un vulgar ladrón. ¿Es eso injusto?
La sobrina de Candela apretó los puños. Sabía lo difícil que sería convencer a Bosco de que Gonzalo había cometido un error y que debía de saber perdonarle.
-¿Tanto te cuesta escuchar a su esposa? –le increpó Inés.
-No puede decirme nada para que cambie mi opinión sobre él –Bosco se cerró en banda y volvió a tomar asiento.
Todo el mundo conocía la rivalidad que existía entre ambos por culpa de la Montenegro.
-Creía que eras buena persona, Bosco –le soltó ella-. Pero veo que me equivocaba totalmente. Yo no conozco al esposo de María, sin embargo sí que la conozco a ella y a mi tía Candela. Y si ambas creen en su inocencia por algo será. No creo que sean tan malas personas cómo te han hecho creer.

-Hablas desde la ignorancia Inés –le espetó él, dolido por la defensa de la muchacha-. No sabes todo lo que los Castro le han hecho a la señora. Ellos…
-¿Y tú sí? –le cortó Inés, sin miramientos-. ¿Acaso sabes de primera mano lo ocurrido entre ellos? Tan solo sabes lo que la Montenegro te ha contado. Ni siquiera te has parado a escuchar la versión de ellos. ¿No te resulta extraño que un hijo se aleje de su madre, así porque sí?
-Esa mujer… la madre de Gonzalo y Aurora, Pepa la partera, usó sus malas artes para alejar a Tristán de la señora.
-Eso es lo que ella te ha contado –insistió Inés; ahora que había reunido el valor para encararle, no se echaría atrás-. Todo el mundo que la conoció, habla maravillas de Pepa; no creo que fuese tan mala como la señora la ha pintado. ¿De verdad nunca te has preguntado si son ciertas las cosas que te cuenta la Montenegro?
-Ella me ha dado su cariño –se cerró en banda Bosco-. No tengo por qué dudar de la señora. Nunca me mentiría.
-Si tan seguro estás de ella, ¿por qué te niegas a recibir a María Castañeda? –le retó la doncella-. ¿Acaso tienes miedo de que pueda contarte algo que te haga ver la realidad?
Bosco apretó los labios. No era ningún cobarde.
-No hay nada que pueda decirme para ponerme en contra de la señora –declaró con voz temblorosa. Se maldijo en silencio por no parecer más seguro de sí mismo y terminó cediendo-. Está bien. Me reuniré con ella y que me diga lo que tenga que decirme.
Inés levantó el mentón y sonrió para sí misma, contenta. Lo había logrado. Conocía lo suficiente a Bosco para saber que en cuanto le tocabas un poco en su orgullo, reaccionaba de manera retadora.
-Gracias –le dijo la muchacha-. Estoy segura de que no te arrepentirás.
Bosco asintió levemente.
-Espero que así te des cuenta de que mis intenciones contigo van en serio –le contestó él con seriedad-. No accedería a hablar con ella si me lo pidiese otra persona.

-Lo sé –declaró ella, consciente de que era cierto-. Y te lo agradezco.
Bosco cogió el vaso de limonada y tomó un sorbo.
Inés dio por terminada la conversación y regresó a la cocina para seguir con sus quehaceres. En cuanto tuviese un momento le haría llegar a María la buena nueva.

 CONTINUARÁ...

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